En
la Baja Silesia, cuna de Polonia, por hallarse en un cruce de caminos, en el
corazón mismo de Europa, ha sido mecida por manos extrañas: de checos,
austriacos, prusianos o alemanes. De todos ha sabido preservar lo mejor. Y de
sus montañas metálicas, los Montes Gigantes, custodiados por un temible genio,
ha sacado el magnetismo y la fuerza para encontrar su propio poso y encarar con
optimismo los nuevos tiempos.
A simple vista, es una región como otras
de Centroeuropa, sin más intríngulis que el contraste de luces y la variedad de
paisajes. Llanuras feraces, bien aprovechadas, ceñidas por colinas verdeantes
que se espesan en bosques de alerces, abedules y coníferas, conforme se
adentran hacia el horizonte brumoso de montañas grisáceas. Pero si uno se fija,
pronto aparecen detalles intrigantes: algunas torres se dirían checas; algunas
iglesias y abadías encierran una explosión barroca típicamente austriaca;
plazas y gabletes, en cambio, se ordenan con disciplina tudesca.
Y
es que, efectivamente, Silesia es lo que llaman los ingleses un melting pot, y
nosotros, un crisol, por no decir llanamente un potaje de culturas. Ante todo,
por su propia situación geográfica, es un cruce obligado de caminos en mitad
del continente. Pero sobre todo por su ubicación histórica, justo en el
epicentro de los movimientos cuasi telúricos de la historia, es la esquina
donde imperios y naciones se han dado de codazos.
Hay
que añadir que la situación ha cambiado sobre todo a raíz de la incorporación
de Polonia a la Unión Europea. La historia es ya historia. Y los problemas
identitarios pertenecen al vago empíreo de las desazones filosóficas. Lo cierto
es que Silesia vuelve a ser una región dinámica, una de las más urbanizadas del
país, tan hermosa como siempre. Se ha quedado con lo mejor de todos, ese podría
ser el resumen.
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