lunes, 6 de mayo de 2013

Baja Silesia


En la Baja Silesia, cuna de Polonia, por hallarse en un cruce de caminos, en el corazón mismo de Europa, ha sido mecida por manos extrañas: de checos, austriacos, prusianos o alemanes. De todos ha sabido preservar lo mejor. Y de sus montañas metálicas, los Montes Gigantes, custodiados por un temible genio, ha sacado el magnetismo y la fuerza para encontrar su propio poso y encarar con optimismo los nuevos tiempos.
A simple vista, es una región como otras de Centroeuropa, sin más intríngulis que el contraste de luces y la variedad de paisajes. Llanuras feraces, bien aprovechadas, ceñidas por colinas verdeantes que se espesan en bosques de alerces, abedules y coníferas, conforme se adentran hacia el horizonte brumoso de montañas grisáceas. Pero si uno se fija, pronto aparecen detalles intrigantes: algunas torres se dirían checas; algunas iglesias y abadías encierran una explosión barroca típicamente austriaca; plazas y gabletes, en cambio, se ordenan con disciplina tudesca.
Y es que, efectivamente, Silesia es lo que llaman los ingleses un melting pot, y nosotros, un crisol, por no decir llanamente un potaje de culturas. Ante todo, por su propia situación geográfica, es un cruce obligado de caminos en mitad del continente. Pero sobre todo por su ubicación histórica, justo en el epicentro de los movimientos cuasi telúricos de la historia, es la esquina donde imperios y naciones se han dado de codazos.
Hay que añadir que la situación ha cambiado sobre todo a raíz de la incorporación de Polonia a la Unión Europea. La historia es ya historia. Y los problemas identitarios pertenecen al vago empíreo de las desazones filosóficas. Lo cierto es que Silesia vuelve a ser una región dinámica, una de las más urbanizadas del país, tan hermosa como siempre. Se ha quedado con lo mejor de todos, ese podría ser el resumen.

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